Cada uno de nosotros tenemos nuestra propia historia que contar sobre los hechos que nos sucedieron, sobre personas que nos hicieron o nos dejaron de hacer cosas, y sobre las emociones que se generaron en nuestro corazón. Desde la traición, la tristeza, la ira, hasta sentirnos enojados, frustrados, sin esperanza o sentir que no somos amados. Todos llevamos encima una serie de emociones que conservan una carga que se mantiene aprisionada en nuestro campo de energía. Esta sucesión de emociones afecta nuestras vidas, nuestras creencias y la claridad de nuestra visión. Está afectando nuestra capacidad para crear lo que nos proponemos en nuestra vida cotidiana. Hasta hace poco creí que el modo de tratar con los sentimientos era no sentir, o bien, aprendí y afiné el arte de la represión emocional. Algunas veces nos volvemos insensibles a causa de la supervivencia y dejamos de molestarnos por sentir. Eso puede haber funcionado por un momento, pero no después. Ahora mi corazón quiere vivir, y vivir de verdad. Para lograrlo es necesario SENTIR, Y SENTIR Y SENTIR. Necesito sentir todo lo que se presente y reconocer que si me encuentro en mi camino, han de surgir emociones; y a veces lo harán sin cesar. No puedo evitar los sentimientos, sólo puedo posponerlos. Por esta razón aprendí que mis creencias, las que intento sanar, crean mi realidad. Reconocí que vivimos en un universo que está empeñado SIEMPRE en ayudarnos a sanar todo lo que nos sale al paso que nos impida conectar con nuestro corazón y con nuestras creencias o doctrinas más elevadas. Aprender esto me ha costado mucho esfuerzo y energía y solo lo logro cuando estoy dispuesta a mirar el sentimiento y soy CAPAZ DE SENTIRLO y percibir la carga emocional; hasta que resuene en mi interior, y mi cuerpo me envíe el mensaje que así es. El resto del proceso requiere que ponga un punto final a esta historia. Es un proceso simple.
No siempre es fácil, pero tampoco es tan complejo



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